Palabra profética recibida durante una reunión de intercesión por Israel
Hijitos, tengan esperanza, dice el Señor. Tengan esperanza, porque estas bombas tienen que explotar. Estos nudos tienen que desatarse. Estoy poniendo mi dedo sobre estos nudos para que se desaten.
Esto es como una olla que se ha destapado. Es como un agujero en la tierra que estaba tapado y debajo de esa tapa había cosas que tienen que salir a la superficie. Es como un hormiguero: cuando uno lo abre y provoca a esas hormigas, salen todas juntas hacia afuera y uno se da cuenta de lo que estaba debajo de la tierra.
Así es el enemigo. Ha estado tejiendo, ha estado agazapado, reforzándose y ganando poder e inteligencia de guerra, acumulando fuerza violenta y una sed cada vez mayor de venganza y de muerte, sed de aniquilar a todo judío que pisa sobre la tierra.
Noelia: Ahora veo los espíritus de muerte moviéndose tremendamente sobre esta tierra.
Israel estaba distraído, dice el Señor, peleándose entre ellos mismos para ver quién tenía la razón y quién ganaba el cetro de poder, pasándose el cetro entre unos y otros para ver quién se quedaba con el poder, para ver quién dominaba las masas de Israel y las llevaba hacia donde cada uno quería llevarlas, acorde a sus propias conveniencias y no a las mías.
Mientras ellos se peleaban y levantaban el mentón arrogantemente, olvidándose de mí, el enemigo crecía, dice el Señor. El enemigo esperaba solapadamente, con las armas ya cargadas.
Israel se descuidó y bajó el vallado, dice el Señor, concentrándose en cosas en las que no tenía que concentrarse. Israel se dejó llevar y ya estaba dividido antes de que esto suceda.
Noelia: Veo a Israel dividido en el medio, partido en dos.
Un pueblo dividido no puede permanecer, dice el Señor. Una nación quebrantada, con una grieta tan grande en medio de su tierra, ¿cómo puede defenderse de un ataque premeditado de semejante manera?
El enemigo entró como río, como dice Isaías 59. Entró como río por todos lados, por las fronteras debilitadas, por los flancos que pudo encontrar fáciles de derribar. El enemigo entró y comenzó a esparcirse, y aún hay sectores que siguen contaminados por estos enemigos.
Noelia: Yo los veo ahora como hormigas que de repente salen del hormiguero, armadas para atacar como un solo ejército.
Ellos sí, están unidos, dice el Señor. Ellos tienen una sola mente, una sola meta: eliminar a mi pueblo, a todo lo que viene de mí, a todo lo que ha nacido de mis entrañas. Ellos tienen claro lo que tienen que hacer, y no dudan ni vacilan en sus pensamientos. Quieren dar en el blanco y cumplir sus propósitos, dice el Señor. Están absolutamente determinados y no les importa entregar su vida para cumplir esa meta que su amo, el diablo, les ha colocado.
Hijitos, entiendan que si no hay unidad, no hay victoria, dice el Señor. ¿Cómo piensa Israel ganar esta guerra si no se pone de acuerdo consigo mismo? Porque ahora Israel es como un cuerpo enfermo, con cáncer esparcido por distintos órganos.
¿Cómo puede un enfermo tener fuerzas para defenderse de un ataque de alguien que está completamente sano y unificado en su cuerpo? El enemigo está unido y decidido, y su mente está fortalecida.
Ellos hasta han ayunado para concretar este ataque, dice el Señor. Ellos han ayunado para que aumente el número de los muertos en Israel, y mi pueblo apenas si puede ayunar un día por la tierra que Yo le di.
Hijitos, dice el Señor, entiendan que Israel aún hoy sigue distraído. Parte de ellos ha levantado clamor a mi nombre, pero son una minoría que ora sin fuerza.
Muchos de ellos ni siquiera sienten el dolor que Yo estoy sintiendo ahora por ver a mis niños decapitados, a mis mujeres embarazadas con los vientres destrozados y a mis viejos —que deberían pasar sus últimos días tranquilos, disfrutando de la tierra que les di— desmembrados. Ni siquiera viéndolo con sus propios ojos, algunos de los que habitan hoy en la tierra de Israel sienten el dolor que Yo siento en mis entrañas por Israel.
¡Recapaciten! ¡Arrepiéntanse! ¡Clamen de verdad! Ayunen, dice el Señor, como cuando se le anunció a Nínive que iba a ser borrada del mapa y todo el pueblo se arrepintió a una y ayunó. Israel no entiende que el enemigo sigue entrando, que las fronteras espirituales siguen estando abiertas, que Israel sigue estando en peligro.
Ellos confían en sus armas, pero no en el Dios de los ejércitos. Ellos me nombran, dice el Señor, pero no estoy en sus corazones. No creen que realmente Yo soy el comandante de las filas de la armada. Creen en su propia fuerza y se vanaglorian, hablando de su escudo de protección, de sus armas y de sus soldados.
Ciertamente los soldados tienen esa tierra en el corazón, y por eso los honro, dice el Señor, pero están confiando en sí mismos y no en mí. Las oraciones de muchos de ellos llegan hasta el techo y de ahí no pasan, porque solo se acuerdan de mí cuando les conviene, pero cuando el peligro pasa, vuelven a los placeres de la vida, vuelven a la superficialidad, vuelven a olvidarse de quién los salvó. Y otra vez, así como cuando los saqué de la tierra de Egipto pero después se olvidaron de mí, lo mismo sucede hoy.
Israel no tiene fe, dice el Señor. Israel confía en sus armas y en su propia fuerza, pero no son como Gedeón, cuando tuvo la fe de conquistar a ese ejército de miles y miles solamente con 300 hombres, porque sabía que la victoria no era de él, sino mía; que la victoria no dependía del número de soldados, sino que Yo soy el que la da.
Hijitos, oren, dice el Señor. Oren para que Israel crezca en fe, para que sus ojos se abran y finalmente miren al cielo y me reconozcan como su Dios, y no solo digan al mundo que soy su Dios, cuando en realidad me provocan a celos constantemente.
Yo no me he olvidado de ellos, dice el Señor, pero mi justicia es mi justicia, y estas cosas deben suceder para que Israel vea el estado en que está y reaccione, y se arrodille ante mi majestad para pedirme rescate, para pedirme auxilio, como un hijo que se acuerda de su padre y clama de verdad porque sabe que de otra manera no va a salvarse.
Noelia: Vuelvo a ver la tierra de Israel completamente dividida, con una grieta en el medio. Hay una división. Es una división más grande de lo que se sabe o se sospecha, y el enemigo lo tiene más claro que los habitantes de Israel y ha aprovechado esto para tratar de dividir su tierra aún más.
Escucho la palabra «límites». El enemigo quiere ampliar sus límites. El enemigo quiere seguir entrando a la tierra y conquistando. El enemigo quiere dividir a Israel y ampliar su tienda en Israel.
Tengan cuidado, hijitos, dice el Señor, porque esto no se ha terminado.
Noelia: Veo una bandera de la paz en Israel.
Oren, hijitos, dice el Señor, porque ahora Israel se maneja por orgullo. Los gobernantes, los que tienen que tomar decisiones que tienen que ver con esta guerra, se están manejando por orgullo.
No es que Netanyahu levanta la vista y me pregunta a mí qué tiene que hacer, sino que actúa porque se cree fuerte, porque él mismo cree que es un tanque de guerra, sin darse cuenta de que él solo nada puede hacer si no va con la fuerza de mi mano.
Oren para que sus ojos sean abiertos en este aspecto y él deje de confiar en sí mismo y en la fuerza de su ejército, y comience a poner sus ojos y su corazón en mí y a confiar en mi fuerza, porque no es por fuerza, ni por ejército, sino por mi Espíritu.
Noelia: Veo que el Señor todavía no ha golpeado su martillo de juez sobre la mesa para detener esta guerra, para frenar los ataques. El Señor aún no ha decretado un final; está esperando que el pueblo levante la mirada y lo mire, que lo reconozca, que lo busque.
El Señor espera que el pueblo se examine a sí mismo y se pregunte: «¿Por qué nos ha pasado esto? ¿Por qué nos abandonaste, Señor? ¿No somos tu pueblo?», y ahí descubran que sus vestiduras están manchadas.
Con sus bocas pronuncian mi nombre, dice el Señor, diciendo que son mi nación, pero están lejos de mí. Yo quiero que Israel reconozca su pecado y reaccione.
Oren por un arrepentimiento genuino, por un quebrantamiento de la dureza de los corazones, dice el Señor.
Noelia: Veo a los judíos diciendo: «Yo soy simiente de Abraham. A nosotros nadie nos va a tocar. A nosotros nadie nos va a alcanzar, porque el Señor es nuestro protector».
Pero están ciegos, están duros, están cerrados, dice el Señor. Yo toco a su puerta continuamente, una y otra vez. Los busco de mil maneras. Mi Espíritu ronda por sus barrios, buscando un corazón que se abra a mí, pero sus corazones son como diamantes: duros de tallar.
Hijitos, oren para que los judíos se conviertan y entiendan que quedaron congelados en el tiempo, para que entiendan y se les revele la sangre derramada también por ellos. Hijitos, oren y no dejen de orar, porque estoy esperando gente que se levante, gente que llore, gente que clame, gente que gima, gente que pida justicia por la sangre de esos bebés inocentes.
Noelia: Veo al enemigo como un perro rabioso que destroza la carne, que devora niños, jóvenes, ancianos, adultos, a cualquiera. La orden es: matar, aniquilar, destruir, devorar. El enemigo es como un perro que no entiende y no puede ser domado: completamente tomado por la maldad, por la muerte, por la sed de venganza, por las ganas de ver que las tumbas de los judíos aumenten en cantidad.
Ellos quieren ver nuevos cementerios judíos, dice el Señor. Quieren ver la tierra de Israel llena de tumbas. No se sacian con las muertes que hubo ahora, con las victorias que han alcanzado. Quieren más y vienen por más.
Noelia: Muchos de ustedes no creen que es tan grave como el Señor está revelando, así como no creyeron cuando el Señor anunció que esto se estaba forjando en la oscuridad.
Oren también para que el cuerpo de Cristo crea que cosas peores vienen a Israel, dice el Señor. Pero tengan fe, porque, aunque los he entregado en la mano de sus enemigos, no los he abandonado. Aún están en mi mano y nunca los voy a soltar de mi mano.